miércoles, 24 de mayo de 2017

Javier Gallego habla sobre el poemario EROSIÓN


Erosión es el primer poemario escrito por la poeta mexicana Marina Centeno (Progreso, Yucatán) y el único disponible por ahora en España. Sus poemas se encuentran en diversas antologías y ha sido traducida al inglés, francés, italiano, catalán, portugués, rumano, húngaro y árabe. Entre sus libros se destacan Quietud (UADY, 2012), Inventivas (UADY, 2013), Interiores (UADY, 2014), Mi bolsa de poemas (Libro artesanal, UADY, 2014), Tres líneas (UADY. 2015), Poemas del Mar / Poemele Marine (Edición rumano-español Ediciones de HLC Bucarest Rumanía, 2016) y DÉCI +(MAS) (UADY, 2017).
Aunque en su reciente última entrega practica la exigente forma estrófica de la décima, en este poemario prefiere el verso libre. Con suave musicalidad, en verso libre o blanco, el tono de Erosión es básicamente lírico, con un componente sensual e incluso sexual muy importante.

“Un presagio llena de azul los lagrimales
en puñado abstracto de salitre
que se estrella en el aire

Hay un cuerpo vencido
acostado al borde del pasado

La soledad arruga las cortinas
y a jirones deslava los ocasos

El sol cae
mitiga temblores hacia el centro
aunque el himen se rompa” (III)

Los versos destilan emoción y hondura filosófica: “Sabemos que la luz produce sombras / aun así nos sobra oscuridad” (XIV). La madre (XXIX) es una gran figura para la poeta: “Crece indomable en procesión de agua / extensa / como madre envejecida” (XXV)
Destacan en su poesía el uso de técnicas surrealistas, cercanas, por ejemplo, al chileno Raúl Zurita: “Me inundas / cuando tus manos aprietan caracoles / que se desparraman por mi espalda” (XX). O en el poema dedicado a Emilia Centeno: “Por qué –Emilia– si te beso península te devuelves océano” (XXIII).
En el universo poético de Marina Centeno el paisaje de Yucatán es esencial, no como decorado, sino como protagonista presente en el discurso poético. No es la añoranza de un locus amoenus, es mucho más. Del mar provienen las metáforas, en el mar se sitúa la acción, el mar es el símbolo y el decorado. La belleza de cada detalle, el sol, los niños jugando, las cuerdas, los botes. Abundan las metáforas marinas: “Como se arruga el mar cuando erosiona / en una mancha gris sobre la arena / … / El mar finge indiferencia y reparte su anchura / cuando atraviesa como espada erecta / el hueso de la mesa costera” (IV), “Soy agua de sal – lo has comprobado – / llego desde la voz hasta el cansancio / para ganar terreno en bajamar (VI). El vaivén entre el paisaje y la metáfora, entre el interior del yo, poético y sensual, y el paisaje que le sirve de marco y de significante en la metáfora: “Llegamos juntos a la noche / a gastarnos la piel como tortugas / que mapean la arena con los dedos” (XII). Parece que le habla al mar como un amante, o al amante como el mar: “porque vienes y vas contra corriente / atestando tu hombría en el cimiento” (XIII), “Yo soy dársena / Tú hierro” (XVI)
Todo gira en torno al concepto de erosión: “Fuimos amantes al descender el agua / corroídos de tiempo que frisaba nuestros labios” (XIX). Se introduce tanto el paisaje que los cuerpos se identifican con los elementos, las olas, el malecón. El mar como símbolo del paso del tiempo, las mareas suben y bajan (como en Marina Casado, Mi nombre de agua), la erosión como paso del tiempo (el reloj que lo mide), la erosión como producto del paso del tiempo: “Entre la corriente un poema se extingue / deja un triste reposo que todo lo deslava” (II).
Los poemas se presentan en una especie de conversación, una voz que habla en primera persona y que se dirige a otra. La mayor parte de las veces responde a los requerimientos entre amantes. La cursiva acentúa en carácter de conversación. Una coherencia temática que le da la unión a los poemas como un único poema dividido en escenas. Se nota también en la utilización de las mismas imágenes en varios poemas: océano, poesía, sexo:

“El viento juega a desafío
cuando vienen los nudos a cimbrar las palmeras

Se lanza en erotismo como un dios que dispone
latigando la costa con la lengua

Se vierte en escándalo
al poema que gasta el desparpajo
en ajetreo histérico de niebla
que deteriora al mundo
porque llega de lejos la tristeza

Te lo decía –amor– cuando amanece
hay un hambre de azul por los rincones

y un impulso de luz sobre la muerte.” (XXIV)

Erosión es una historia de amor. Podemos intuir una historia de amor, de idas y venidas, de olvidos y recuerdos.

“Puede el viento acomodar a los números
horrorizar a las fechas
como inquieto kamikaze de velamen en tormenta
que persigue a las nereidas
mientras la proa se hunde en su líquida respuesta

Voy a nombrarte: nunca

Mi pozo insondable
Oscuridad y pureza” (VIII)

Se celebra la venida –y acometida– del amante, y se extraña su ausencia: “Si no vuelves se erizarán los muelles / morirá la tarde entre la marejada / y una ola de sangre ensuciará los bordes / donde las embarcaciones permanecen / espumando catástrofes de agua” (XXV)
El final del libro trata sobre la pérdida: “Ya no yazgo en ti / porque el subtítulo es la muerte / cuando la estridencia estalla” (XXVI). Con tintes más trágicos: “Un sol negro eyacula su crepúsculo / por temblor de líquido se asfixia / para morir de ausencia” (XXVIII), “El horizonte no conduce a nada / pero aún está –atenazando el futuro– / con sus trazos inciertos / y sus malabares imperdonablemente sucios” (XXXII). Continúan poemas sobre la añoranza, el deseo de regreso: “si regresaras –amor– que sea en junio / cuando el faro violenta su hambre / en el indómito gris del infinito” (XXXIV).
Erosión se convierte en un emocionante ejercicio de reflexión en clave lírica de cómo el tiempo pasa por nuestros cuerpos y sentimientos, como erosiona y transforma el propio paisaje, el amor, a nosotros mismos.

“Pasará el invierno –lo aseguro–
volverá la luz en mansedumbre
a tornarse tropel dentro del ojo.

Volverá el cansancio que delata
volverá a destruirnos a centímetro
una y mil veces
hasta corroer nuestros gritos

Mientras erosionamos –lacios–
tú a golpe de mar
y yo en el cimiento

Las olas repitiéndose la culpa
sobre un cuerpo que no es suyo
en pausa que moja los labios
y amontona lodo en las comisuras

No sabemos qué existe detrás del horizonte
cuando se hunde el sol sobre una mancha roja
que el tiempo diluye en el abismo” (IX)

Javier Gallego
Escritor (España)


Fº Javier Gallego Dueñas, licenciado en Hª Medieval y doctor en sociología. Editor y miembro fundador de la revista Voladas. Ha participado en diversas revistas literarias y aparece en las dos Antologías de Escritores Roteños y en el Primer Concurso de Microrrelatos (Sora Ediciones, 2016). Esporádicamente ha participado en algunos concursos literarios y colaborado en proyectos artísticos y medios de comunicación. Mantiene un blog de opinión y crítica literaria: profundamensuperficial.blogspot.com.es. Acaba de publicar su primer poemario, Las gramáticas del tiempo (Takara Editorial, col. Helena, 2017)




miércoles, 17 de mayo de 2017

LA PUERTA

Fotografía extraída de la red



Serían las nueve de la noche cuando levanta el telefóno y una voz le devuelve la llamada. Por breves segundos la respiración al otro lado de la línea se escucha pausada sin ninguna alteración. Después de colgar se dirige a la nevera y destapa una cerveza que consume en 15 segundos. Se deja caer sobre el sillón, frente a la puerta con la mirada fija en el cerrojo. Permanece en la misma posición, sin despegar los ojos de la puerta desgastada con claros indicios de haber recibidos fuertes golpes que la han marcado por toda la geografía de su cuerpo rígido y vetusto. En el centro, por el observador de cristal, se filtra un leve luz que viene del pasillo y hace bailar al unísono el polvo que se levanta por el departamento. Sus dedos bambolean una canción sobre el descanso del sillón, mientras observa las sombras escurridizas por debajo de la puerta. Por un momento sus dedos quedan estáticos a tiempo que una penumbra se detiene por el resquicio de la pared. Pasa de largo y el movimiento del dedo índice continúa deambulando sobre la rasgadura del sillón. Los insectos transitan sus oídos, de re-ojo observa el golpetear de las alas y la punta del espolón que en atrevimiento roza su pálida mejilla para luego terminar en la palma de su mano chapoteando entre sangre y extremidades totalmente destruidas. Algo mueve el cerrojo mientras intenta limpiar la mano en la franela de su pantalón. Los labios le tiemblan y sus ojos tristes muestran un semblante de melancolía cuando se desvían hacia el auricular que se balancea en su cable receptor. No puede evitar una sonrisa cuando el cerrojo se rompe frente a sus ojos y la puerta cruje y se lastima. Dos fuerte golpes sobre la madera provocan terribles carcajadas que se confunden con sus lágrimas y su cuerpo convulsionado sobre el piso. Del otro lado de la puerta alguien, con voz solicita pregunta: _¿Alguien en casa? ¡La pizza llegó! Por respuesta un espeso silencio.
_Psss pss, Señor. Hace mucho que ese departamento está desocupado.
_¿Es el número 52? Alguién pidió una pizza.
La muerte también tiene humor.


Marina Centeno

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